U

na de las particularidades fundamentales de las pinturas de Beatriz Eugenia es el poder de ensoñación que poseen. Beatriz es sin duda una de las pintoras mexicanas que pueden aún provocar el asombro en el observador ordinario. Su pintura es accesible y de notable calidad.

Menos racional y más intuitiva que Magritte, quien ha sido su inspiración,  caminar frente a sus obras es un ejercicio de vuelo frágil e inspirado aleteo entre nubes y cielos azules de una transparencia inaudita.

Ciertamente los temas que aborda son en realidad de compleja representación: comportamientos humanos deplorables o edificantes, el fenómeno del calentamiento global y deterioro de nuestro planeta, el desconocimiento de nuestra identidad escondida detrás de una máscara,  las altas y bajas de la vida.

 

Más que adscribirse a una escuela pictórica en particular, el común denominador de mis cuadros es que a través de ellos cuento historias. Y estas historias con frecuencia entremezclan la crítica social y el humor, en ocasiones algo oscuro.

 

A manera de fábulas pictóricas, Beatriz exhibe algunas de las conductas más vergonzosas que protagonizamos los seres humanos en este reluciente siglo XXI. Sin pretensiones moralizantes recrea acciones humanas deplorables que, así retratadas, pueden evitar la ofensa o la simple incomodidad del espectador; pero la manera en que los trata sobre el lienzo apenas son un esbozo, una mera aproximación. Beatriz permite  el vuelo libre de su talento  como alegorías, su clasificación y re-significación se vuelve compleja, de ahí su fuerte atractivo para el observador que persigue la fantasía por la sobre todas las cosas. 

Beatriz cuenta con cuatro exposiciones individuales itinerantes por 9 foros del país, obra exhibida en 15 estados de la República Mexicana; participado en más de 60 colectivas en foros como el  Museo de Arte Moderno de Toluca, Museo UPAEP, Museo San Pedro, Puebla, IPBA, San Luis Potosí e internacionalmente en Croacia, España, Israel, Colombia, Argentina y Estados Unidos. Su obra forma parte de la colección permanente del National Museum of Mexican Art, Chicago, Ill. y del Museo Fadwa Tuqan, Buenos Aires, Argentina.